Pecados capitales
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En las alegorías medievales sobre el infierno, los siete pecados capitales (superbia, avaritia, luxuria, invidia, gula, ira y acedia) constituyen el eje moral y simbólico de la representación del mal. Derivan de la clasificación elaborada por Evagrio Póntico y sistematizada por Gregorio Magno, y en la literatura y el arte medieval se asociaron con jerarquías demoníacas, castigos específicos y una intensa imaginería moralizante.
En las visiones del más allá, como las de san Brandán, Tundal o el Purgatorio de san Patricio, cada pecado se representaba mediante tormentos adecuados a su naturaleza: los soberbios aplastados, los avaros encadenados al oro, los lujuriosos envueltos en llamas, los envidiosos sumidos en la oscuridad, los glotones devorados, los iracundos desgarrados y los perezosos hundidos en la inmovilidad. Estas alegorías combinaban el propósito didáctico con la dimensión visual y afectiva del miedo, articulando una pedagogía del castigo que buscaba mover al arrepentimiento.
En el ámbito iconográfico, los pecados se personificaron como figuras femeninas o monstruosas y se relacionaron con los vicios opuestos a las virtudes cardinales y teologales, integrando así una estructura moral totalizadora del universo cristiano.